dimarts, 3 de maig de 2011

Aquí...

Maruja tenía claro que ella no iba a hacerlo todo. Que ya estaba bien de que la trataran como a una madre, cuando ella ni tansiquiera quería tener hijos. Maruja vivía en una buhardilla, un cuarto piso sin ascensor; se cargaba al hombro las bolsas que rebosaban de productos Mercadona y nunca había nadie que la ayudara. A veces algun vecino caritativo le abría la puerta al verla atacada con tantos paquetes [más de los que ella podía gestionar con sus dos manos], pero no más. Tenía mucho brío... sus andares eran ágiles, era vital y siempre estaba al pie del cañón. A Maria Dolores nunca le dolía nada. Odiaba que la mandaran y el compañero de habitación si alguna cosa sabía hacer muy bien era eso, abrir la boca para pedir lo que fuera: el mando de la tele, el vaso de agua fría, las zapatillas de estar por casa, las gafas de lectura de la mesita de noche. Hasta que un día quiso poner fin a todo ese mundo que la saturaba de mala manera... y el de la habitación de al lado no supo más que ponerse a reír al ver el cartel que Dolores había dejado colgado de la puerta al salir de casa...